publicado en septiembre de 2009
Columnas - Bernardo Stril
El pasado fin de semana, como periódica y religiosamente lo acostumbro, viajé a la Ciudad de México para visitar a mi madre. Fui en coche. Lo que no sabía (es imperdonable para un periodista, pero así es) es que había inundación en Chalco. Así, un patrullero medio dormido dispuso su vehículo de tal forma que el tránsito era desviado hacia la carretera federal.
A la altura de Iztapaluca, vamos a vuelta de rueda, evitando baches y evadiendo charcos. Los señores representantes del orden en el municipio ya habían instalado su tianguis. Este consiste en una serie de "oficiales", con insignias y gafetes, que detienen a quién les pase enfrente. Revisan que los autos hayan pasado la verificación. Esto sucede en domingo, día de libre circulación en la zona metropolitana para todos los vehículos del país.
Incluso los vehículos de estados en los cuales no se practica la verificación son detenidos. En mi caso particular, me toca este mes (el domingo aún era agosto). Sin embargo, el "oficial" considera que estoy en infracción porque mi engomado tiene seis meses de antigüedad. Me pide, muy amablemente, que siga yo a una patrulla hasta el corralón donde será detenido mi auto.
No hay tal. Se trata de un deshuesadero en el cual está instalada la industria de la corrupción, el soborno y la extorsión. Ya tienen mi licencia y mi tarjeta de circulación. Me piden pasar a la "oficina" donde me explicarán lo que me espera en el futuro más próximo. Somos, en ese momento, cinco "pipopes" en el mismo caso. Hay otros diez o quince en la parte exterior, viviendo diversas etapas de la misma acusación. Es lógico, prácticamente todos venimos de la autopista Puebla – México.
Me explican, mi crimen es penado con 700 días de salario mínimo, lo que representa tres mil setecientos y pico pesos. Como atención, para que no tenga que ir a pagar (mañana, porque hoy es lunes y el "derecho de piso" del corralón es de $ 400.00 diarios) me invitan a pagar la multa ipso facto, in situ. Me niego. Uno, no tengo esa cantidad en mi bolsa. Dos, no tengo quién me preste (¿algún familiar?). Tres, estoy dispuesto a vivir mi calvario hasta el final.
Segundo empleado. Cabe subrayar que ninguno porta identificación ni está uniformado. "Mire, esta es una atención, para que no tenga que ir hasta Toluca a pagar su infracción". El primero me había dicho que era en Tlalnepantla. Otro habló de "aquí a tres cuadras". Si no, pus ni modo, tengo que hacerle su inventario. "Hágame el inventario, señor (ni modo que le diga oficial)". "Yo ya le dije, no tengo dinero, ni tarjeta de cajero automático y mi madre tiene 85 años, no la voy a molestar con esto. Además, ¿cómo vendría?
Procedemos entonces al inventario: ¿Tiene motor? ¿Llantas? (Recordemos que estamos en un deshuesadero). "Espérese, orita vengo". Van cerca de quince veces que me dicen exactamente lo mismo. "A ver, venga conmigo". Nos detenemos con un policía. Es el primero que se aparece desde que empezó todo el rollo, hace ya casi una hora y media. Este hombre, aunque uniformado, no tiene ninguna insignia de mando. Es raso, pues. ¿Cuándo trae? "Para mi caseta de regreso y la gasolina: doscientos pesos". "Tá bien" le dice a su "colega, mismo que me regresa a mi coche.
"A ver, deme todo lo que tenga… las monedas también". Me aligeró de $ 230.00. Frente a todos a mi alrededor que entregaban, sin chistar, billetes de a mil y de quinientos en fajos, como respuesta a la "atención", me sentí mal por haber sido objeto de extorsión, pero bien por no haber sido defraudado en la misma proporción que mis compañeros de infortunio. El hecho es que se trata de extorsión: el "corralón" es improvisado, o sea ilegal. Las detenciones son ilegales. Más que "mordida" cobran el pago por secuestro.
De regreso a la carretera. Más "oficiales". Basta con hacerles la seña de que "ya pagué" y no pasa nada. Unos cuarenta minutos después, el puente de la concordia y la calzada Zaragoza. Por fin la civilización.
De regreso, la autopista estaba abierta y regresé a mi querido San Cristóbal Tepontla sin novedad.
La próxima vez, me regreso en el momento en que me pretendan sacar de la super carretera. No estoy dispuesto a sufrir más humillaciones.
¿Estará enterado Enrique Peña Nieto? Y así quiere ser Presidente…
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